29 de noviembre de 2012

Despertar...


Yo no sé si todos tarde o temprano pasemos por un "trance" en el que ese cachito de consciencia nos atrapa por primera vez para no volver a soltarnos nunca, pero estoy segura de que quienes lo hemos vivido, entenderán con mayor claridad lo que voy a contar. Y debo empezar diciendo que aunque esa primera experiencia --donde conectas con algo tan misterioso, desconocido y profundo- pueda a primera instancia sonar como un momento magnífico, en realidad está muy lejos de serlo. Claro que hay una parte de ti que "despierta", se sacude, y eso nadie te lo puede quitar nunca, pero el dolor es inmensamente profundo. Lo que sí les puedo asegurar es que ese instante se convierte en un momento que recuerdas para siempre...

Transcurrían mis años universitarios, alrededor de mis 19 años.  Sucedía también que en ese tiempo se escuchaba hablar por los pasillos acerca una materia optativa de la cual se decían maravillas y que por ende no te podías perder: "Comunicación Intrapersonal". Así que siguiendo un poco esa euforia colectiva, logré incluir la materia en mi horario.

Fue ahí que empezamos a adentrarnos en la difícil tarea del viaje interior, en donde te encuentras con las más complejas telarañas de tu ser. Y fue en una de esas sesiones -en las que inevitablemente me hicieron "voltear hacia mi"- que un "algo" sucedió: ¡¡¡BAM!!! En plena clase, mientras el profesor seguía hablando, mi mundo se ensordeció y empecé a sentir una opresión intensa el pecho, unas inmensas ganas de llorar y una enorme confusión... no sabía ni entendía qué era ese sentimiento ni de dónde venía ese intenso dolor, que distaba mucho de ser uno físico.

A pesar de mis inmensas ganas de echarme a llorar, lo primero que hice fue decirme: "No, no aquí en medio de la clase... ¿Qué van a decir si lloro? Y más así, ¡sin motivo ni razón evidente!" Así que conteniendo esa sensación, me puse de pie, me dirigí al baño y ahí, encerrada en uno de los cubículos y aún sin poder explicarlo, me solté a llorar. Me faltaba el aire, me apretaba el pecho y claramente recuerdo que con un nudo enorme en la garganta y terriblemente afligida, en voz muy baja dije "¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa?". Con mis manos sobre mi pecho, y deseando inútilmente poder respirar profundo, las lágrimas me invadieron el alma, el cuerpo. Parecía como si un desahogo profundo de tristeza se había apoderado de mí.

Cuando esto sucedió creo que no tenía la más remota idea de lo que me sucedía, y quizás hoy en día tampoco, pero si ahora lo tuviera que explicar, creo que ese dolor provenía del estar dándome cuenta de que estaba cometiendo la más profunda traición a mí misma: Estaba llevando una vida oculta en un sinfín de máscaras para esconder mi dolor, mis tristezas, mis enojos, mi furia, mi falta de amor.  Era una desolación penetrante. Me sentía ahí, pero muy lejos de mí…

No es hasta ahora que también puedo decir que a pesar de ese cuadro inmensamente negro, ese episodio a su vez fue como esa pequeña luz que se prendió en mi camino. Y creo que -para quienes experimentan algo así- éste es un momento en tu vida que se vuelve un parteaguas.  En retrospectiva, creo que puedo describirlo como un percatarme del miedo a reconocer mis partes más obscuras mezclado con el no saber absolutamente nada de mí. Recuerdo incluso que cuando finalmente logré calmarme aquél día, la sensación de salir del baño me llenaba de angustia pues no sabía cómo debía actuar, cómo debía ser, cómo debía dejar de pretender... cómo volver al salón como si nada pasara. Sentía que así como yo me estaba percatando de toda mi miseria, la gente también lo haría.

No sé si hoy yo sería la misma persona si no hubiera tenido esta experiencia, pero estoy segura de que a partir de ese día algo en mí cambió. Quizás fue un cachito de consciencia que se abrió paso para darme un golpe verdaderamente doloroso, pero a su vez, plantó en mí la semilla de la búsqueda... algo así como un recordatorio cósmico de que tenía que volver a mí. Que debía reclamar mi libertad y mi individualidad. Fue como si la consciencia hubiera tocado a mi puerta para decirme: "Aquí estoy. Puedo venir cuando quieras, pero debes llamarme".

No sé qué tanto más decir, pero gracias a este pequeño suceso en mi vida creo que me percaté de que tengo una consciencia que aunque en ocasiones duerme, en otras despierta, y está conmigo invitándome a caminar este mundo de una manera un poco más auténtica y más libre... 

1 comentario:

  1. Dany, me parece hermoso tu escrito y sumamente profundo, en comunidad grandes amigos incluyedote , me enseñaron a que no es tán importante definirme, cuándo lo hago, límito mi potencial y la abundancia de la que soy.
    Gracias, te quiero compañera de este sendero llamado vida.

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